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Encuentros de Paz Diócesis San Nicolás  
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23 de May de 2013
 
 
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¿Qué es Encuentros de Paz Diócesis San Nicolás?

 

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 Encuentros de Paz Diócesis San Nicolás es un ‘retiro de conversión’ cuyo objetivo no es sólo éste, sino que quien lo realice quede inserto en alguna comunidad eclesial (Parroquia, Institución, Movimiento apostólico, etc.)

Al igual que otros Movimientos, Encuentros de Paz Diócesis San Nicolás, tiene la misión de evangelizar al joven a través del joven, ayudándolo a encontrarse  con ese Dios que habita en él a partir del bautismo y apoyándolo, permanentemente, en su proceso de crecimiento y maduración en la vida de la fe.

 

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Jesús y los Sacerdotes PDF Imprimir E-mail

Queridos hermanos:

El otro día alguien me dijo que «los sacerdotes mataron a Jesús», y lo confir-mó con un texto bíblico en la mano: Mt. 27, 1

Leyendo esta cita fuera de contexto me imagino que efectivamente habrá gente sencilla que piensa que realmente fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica quienes mataron a Jesús. ¡Tal vez por eso algunos evangélicos miran tan mal a los sacerdotes porque están convencidos de que ellos mataron a Jesús!

Perdono a los que así piensan acerca de los ministros de la Iglesia Católica, pero no confío en su juicio en esta materia.

En esta carta quiero contestar a los que piensan así y aclararles lo que dice la Iglesia Católica de los sacerdotes. Les hablaré con amor pero con un amor que busca la verdad, pues solamente «la verdad nos hará libres» (Jn. 8, 32).

 

1. El contexto bíblico

Debemos leer bien la Biblia y no quedar aferrados a un solo texto aislado. Con una sola cita bíblica fuera de contexto podemos condenar a medio mundo y al mismo tiempo faltar al mandamiento más importante de Dios: el amor. ¿Acaso no dijo el apóstol que la letra mata y el espíritu vivifica? (2 Cor. 3, 6).

 

2. ¿Quiénes mataron a Cristo?

Debemos tener una gran confianza en la Iglesia de Cristo y en sus ministros, guiados por el Espíritu Santo. Jesús dijo a sus discípulos en la noche antes de morir: El Espíritu Santo, que el Padre va a enviar en mi nombre para que les ayude y con-suele, les enseñará todo, y les recordará todo lo que Yo les dije (Jn. 14, 26 y Jn. 16, 13).

¿Qué decir de los que piensan que son los sacerdotes los que mataron a Jesús? Dice Mateo: «Cuando amaneció todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matar a Jesús.»

En el contexto bíblico nos damos cuenta de que el Evangelista Mateo se refiere aquí a «los sacerdotes judíos» de aquel tiempo, es decir, a los sacerdotes de la Antigua Alianza.

Es una monstruosidad decir ahora que fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica los que mataron a Jesús. Esta manera de leer la Biblia es una manipulación descarada de un texto bíblico y no reviste ninguna seriedad. Es simplemente una ignorancia atrevida y una forma muy sutil pero muy poco cristiana de sembrar dudas y meter miedo en el corazón de la gente sencilla.

Creo que bastan estas pocas palabras para contestar a los que piensan así. Aunque si bien lo meditamos, todos hemos puesto la mano en la crucifixión de Cristo ya que murió por nuestros pecados.

 

3. ¿Quería sacerdotes Jesús?

Otros se ríen de los sacerdotes de la Iglesia Católica y dicen que «Jesús no quería sacerdotes».

Los católicos creemos: 1) Que Jesucristo es el único y verdadero Sumo Sacerdote. 2) Que todo el pueblo cristiano, por voluntad de Dios, es un pueblo sacerdotal y 3) Que dentro de este pueblo sacerdotal algunos son llamados a participar del sacerdocio llamado ministerial o pastoral.

Yo no invento esto. Es la comunidad de los creyentes, guiada por el Espíritu Santo y meditando largamente la Palabra de Dios, la que ha llegado a esta verdad acerca de Cristo, su Iglesia y sus ministros.

Guiados por este mismo Espíritu, leamos la Biblia:

 

Los sacerdotes judíos de la Antigua Alianza

Leyendo bien las Sagradas Escrituras, nos damos cuenta de que Jesús nunca se identificó con los sacerdotes de la Antigua Alianza. En su tiempo había muchos sacerdotes judíos del rito antiguo. Todos ellos eran miembros de la tribu de Leví y estaban encargados de los sacrificios de animales en el templo. Estos sacrificios eran ofrecidos para la purificación de los pecados del pueblo judío (Mc. 1, 44; Lc. 1, 5-9). Hasta José y María, cumpliendo con este rito de purificación, ofrecieron una vez un par de palomas (Lc. 2, 24).

Pero este sacerdocio judío era incapaz de lograr la santificación definitiva del pueblo (Hebr. 5, 3; 7, 27; 10, 1-4). Era un sacerdocio imperfecto y siempre sellado con el pecado. Jesús, el Hijo de Dios, el hombre perfecto, nunca se atribuyó para sí este título de sacerdote judío.

 

¿Participamos del sacerdocio de Cristo?

¿Es verdad que la Iglesia primitiva proclamó después a Jesucristo como el único y verdadero Sumo Sacerdote? ¿Participamos nosotros del sacerdocio de Cristo?

Así es efectivamente. Aunque durante su vida Jesús nunca usó el título de sacerdote, la Iglesia primitiva proclamó que «Jesús es el Hijo de Dios y es nuestro gran Sumo Sacerdote» (Hebr. 4, 14).

Escribe el sagrado escritor de la carta a los Hebreos, como cuarenta años después de la muerte y Resurrección de Jesucristo: «Jesús se ofreció a lo largo de su vida al Padre y a los hombres, con una fidelidad hasta la muerte en la cruz, dio su vida como el gran sacrificio de una vez por todas, y su sacrificio ha sido absoluto. El verdadero sacerdote para toda la humanidad es Jesús el Hijo de Dios y ahora no hay más sacrificio que el suyo, que empieza en la cruz y termina en la gloria del cielo. Jesús es el único Sumo Sacerdote, el único Mediador delante del Padre y así El terminó definitivamente con el antiguo sacerdocio.

«Cristo ha entrado en el Lugar Santísimo, no ya para ofrecer la sangre de cabritos y becerros, sino su propia sangre; y así ha entrado una sola vez para siempre y nos ha conseguido la salvación eterna» (Hebr. 9, 12).

Lea también: Hebr. 7, 22-28; 9, 11-12; 10, 12-14

 

¿Somos un pueblo sacerdotal?

¿Es verdad que el apóstol Pedro dice que nosotros los creyentes somos un pueblo sacerdotal? Sí, Dios, en su gran amor hacia los hombres, quiso que todos los creyentes-bautizados participaran como miembros del Cuerpo de Cristo, del único sacerdocio de Cristo: «Ustedes también, como piedras que tienen vida, dejen que Dios los use en la construcción de un templo espiritual, y en la formación de una comunidad sacerdotal santa, para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por mediación de Cristo» (1 Pedr. 2, 5) «Ustedes son una raza escogida, una nación santa, un pueblo que pertenece a Dios» (1 Pedr. 2, 9).

Así, hermanos, por la fe y por el bautismo Dios nos integra en un pueblo sacerdotal. Y como pueblo de sacerdotes, tenemos la vocación de ofrecer nuestras personas, nuestras vidas «como hostia viva» (Rom. 12, 1). En todo lo que hacemos con amor, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestros trabajos, siempre ejercemos este sacerdocio.

 

4. ¿Quería Jesús tener ministros para su pueblo?

Así es. No es la Iglesia la que inventó el ministerio apostólico sino el mismo Jesús. El llamó a los Doce apóstoles (Mc. 3, 13-15) y les encargó ser sus representantes autorizados: «Quien los recibe a ustedes, a mí me recibe.» (Lc. 10, 16).

La misión de los apóstoles fue encomendada con estas palabras: «Les aseguro: todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo» (Mt. 18, 18). Este «atar» y «desatar» significa claramente la autoridad de gobernar una comunidad y aclarar problemas en el Pueblo de Dios. En la última Cena, Jesús dio a sus apóstoles este mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc. 22, 19). Es eso lo que celebra la Iglesia en la Eucaristía.

Y en una de sus apariciones, Jesús sopló sobre sus discípulos y dijo: «A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados» (Jn. 20, 23).

Dirigir, enseñar y administrar los signos del Señor, he aquí el origen del ministerio apostólico. Poco a poco la comunidad cristiana va aplicando y evolucionando en este servicio apostólico según la situación de cada comunidad.

 

5. ¿Qué representan los obispos y presbíteros en una comunidad?

En las cartas apostólicas del N. T., los ministros de la comunidad cristiana reciben el título de «obispos y presbíteros» (Hech. 11, 30; Tit. 1, 5 etc.).

La palabra obispo viene del griego y en castellano significa «el encargado de la Iglesia»; la palabra presbítero significa en castellano «el anciano». Los obispos y los presbíteros son así los encargados de la comunidad de los creyentes. Ellos tienen la función de servir en el nombre de Cristo al Pueblo de Dios. Estos nombres de «obispo y presbítero» van a evolucionar hacia la función del sacerdocio ministerial. Aunque los apóstoles todavía no hablaron de sacerdocio ministerial, ya estaba esta idea en germen en la Iglesia Primitiva. Es el Espíritu Santo el que hizo ver, poco a poco, que los obispos y presbíteros representaban al Señor, al Unico Sumo sacerdote, por el ministerio que ejercían. «No nos proclamamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor y a nosotros como servidores suyos, por amor a Jesús» (2 Cor. 4, 5-7).

El apóstol Pablo en su carta a los filipenses ya usa ciertos términos para expresar su sacerdocio apostólico: «Y aunque deba dar mi sangre y sacrificarme para celebrar mejor la fe de ustedes, me siento feliz y con todos ustedes me alegro» (Fil. 2, 17: «Bien sabe Dios a quién doy culto con toda mi alma proclamando la buena noticia de su Hijo» (Rom. 1, 9).

En estos textos hay indicaciones que la liturgia de la Palabra y la entrega de la vida del apóstol ya es una función sacerdotal: «En todo, los ministros del pueblo deben ser no como los grandes y los reyes, sino servidores como Jesús: como el que sirve» (Lc. 22, 27).

 

6. ¿Cómo se transmite este sacerdocio?

Este ministerio apostólico se transmite con la imposición de manos. Escribe el apóstol Pablo a su amigo Timoteo: «Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por imposición de mis manos» (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14).

Este gesto de imposición transmite un poder divino para una misión especial.

El apóstol Pablo recibió la imposición de manos de parte de los apóstoles (Hch. 13, 3). Pablo a su vez impuso las manos a Timoteo (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14) y Timoteo repitió este gesto sobre los que escogió para el ministerio (1 Tim 5, 22).

Así, la Iglesia Católica, desde los apóstoles hasta ahora, sigue sin interrupción imponiendo las manos y comunicando de uno a otro los dones del ministerio sacerdotal.

Esta sucesión apostólica tan sólo se ha perpetuado en la Iglesia Católica durante 20 siglos hasta llegar a los ministros actuales. Ninguna otra iglesia puede decir esto, solamente la Iglesia Católica.

De esta la forma los pastores de la Iglesia participan del único sacerdocio de Cristo.

 

7. Conclusión

Queridos hermanos y amigos:

Tal vez es un poco difícil todo lo que les he hablado. Pero debemos en la oración pedir que el Espíritu Santo nos ilumine. Además debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado. Para terminar quiero resumir las ideas más importantes de esta carta:

1) Jesús quería tener ministros (servidores) para su pueblo sacerdotal.

2) Los apóstoles transmitieron este ministerio apostólico siempre con la imposición de manos.

3) Aunque los sagrados escritores nunca usaron el nombre de «sacerdotes» para indicar a los ministros, ya está en germen en el N. T. hablar de un sacerdocio apostólico como un servicio al pueblo sacerdotal.

En este sentido es que la Iglesia Católica, ya desde el año cien hasta ahora, llama a los ministros de la comunidad (presbíteros y obispos) como sus pastores y sacerdotes.

Por supuesto que este sacerdocio pastoral participa del único sacerdocio de Cristo y no tiene nada que ver con los sacerdotes del Antiguo Testamento. Nosotros, los sacerdotes de la nueva alianza, por una especial vocación divina somos los ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1).

 

Cuestionario:

¿Quiénes mataron a Jesús? ¿Se puede decir que todos hemos puesto las manos en la muerte de Jesús? ¿Se puede decir que los sacerdotes de la Iglesia católica mataron a Jesús? ¿A qué sacerdotes se refieren los Evangelistas? ¿Es lícito sacar de su contexto estas palabras y aplicarlas a los sacerdotes del N. T.? ¿Somos el Pueblo de Dios un pueblo sacerdotal? ¿Quiso Jesús que en su Iglesia hubiera un sacerdocio ministerial? ¿Quiénes tienen esta función?

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Carta abierta a un hermano separado

Queridos hermanos:

Aquí les envío una carta que escribí pensando en un hermano separado:

«Antes que nada quiero decirte, sinceramente, que te considero como un verdadero hermano mío, y que te aprecio y te admiro por muchas cosas buenas que he visto en ti y en tu iglesia.

Admiro tu deseo de dar a conocer a Cristo y tu entrega... De veras que muchas veces he sentido en mi corazón una santa envidia por tu celo apostólico.

Naturalmente, hay también ciertas cosas que no me gustan en tu actuación. De esto he hablado en varias de mis cartas anteriores. De todos modos, ¿en qué familia no hay problemas o malentendidos?

Lo que quiero aclarar ahora es esto: «Te admiro y te aprecio como un verdadero hermano en Cristo».

En realidad, lo que nos une es bien profundo:

-Tú y yo creemos igualmente en el mismo Dios, Creador, Providente y Padre amoroso. Y esto, de por sí, ya es mucho en un mundo tan materialista y lleno de pesimismo.

-Tú y yo creemos igualmente en Jesucristo como «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14, 6), el único Salvador, Señor y Mediador entre nosotros y el Padre.

-Los dos amamos igualmente y estudiamos la Biblia, tratando de descubrir en ella la voluntad de Dios.

Hay muchas otras cosas más que nos unen. Pero he querido subrayar solamente las más importantes, para que nos demos cuenta de que, en lugar de fijarnos en lo que nos divide, aprendamos a fijarnos mejor en lo que nos une, para tratar de vivir el mandamiento nuevo que nos dejó Jesús, con sinceridad y sin exclusivismos: «Amense unos con otros, como yo los amo a ustedes» (Jn15,12).

 

Estamos separados

Pero por desgracia, no estamos completamente unidos. El pecado nos ha dividido. Hemos desgarrado el cuerpo de Cristo. Cristo está roto por nuestra culpa y por la culpa de nuestros mayores. El adversario nos ha ganado.

En lugar de luchar juntos para mejorar la Iglesia, cada uno ha querido hacerlo a su modo, apartándose del hermano. El sueño de Cristo, expresado con tanta insistencia en la vigilia de su pasión y muerte, se ha esfumado:

 

«Que todos sean uno,

como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti.

Sean también ellos uno en nosotros:

así el mundo creerá

que tú me has enviado»

(Jn.17,21)

 

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Para reflexionar....
El Sabio y el Rey

Un Rey soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.

"¡Qué desgracia, mi señor!" exclamó el Sabio, "Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra majestad".

"¡Qué insolencia!" gritó el Rey enfurecido, "¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!" Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

Más tarde ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Rey con atención, le dijo: "¡Excelso señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes".

Se iluminó el semblante del Rey con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro.

Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio.

No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro".

"Recuerda bien, amigo mío", respondió el segundo Sabio, "que todo depende de la forma en el decir... uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse".

De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma en que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas.

La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

No olvidar!!
"Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto y ese fruto permanezca..."
Juan 15, 16
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